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Una entrevista con…la cocinera de un monasterio

Una entrevista con…la cocinera de un monasterio

En algún tiempo Thea Aerts trabajó en el sector de la hostelería. “La hostelería significaba especialmente trabajar por los fines de semana y por la noche, cuando los demás tenían tiempo libre. No me apetecía no poder aprovechar el ocio con mi familia y mis amigos”. Thea cambió de carrera radicalmente. Volvió a la escuela y trabajabaó durante muchos años como secretaria. Este tipo de trabajo no le daba contentamiento tampoco. Ocasionalmente oyó que el monasterio de los padres pasionistas necesitó un cocinero o una cocinera. “Inmediatamente pensaba: este trabajo me parece algo para mi”. Solicitó, los padres emplearon a ella y hace este momento cocina buenísimo para los habitantes del monasterio.

 

“De vez en cuando uno de los padres me sorprende por una pila llena de judías verdes, que son procedentes del huerto…”

 

“No, no soy católica. Soy reformada. Incluido practico mi religión. Pero no fue un problema durante la solicitud de empleo. Por poco hablábamos de religión”, dice Thea mientras riendo. “En la función como cocinera en el monasterio colaboro con un compañero de trabajo. Una semana yo trabajo por tres días, otra semana solamente dos días. El horario de mi colega es lo mismo. Durante los fines de semana los padres preparan la comida por sus propias manos. Sobre todo, a dos padres les encanta cocinar. Mi día laboral empieza a las nueve y media de la mañana y termina a las seis de la tarde. Verbigracia, a las cinco más cuarto pongo la comida en el horno para que sea lista a la hora de comer. Mientras recojo y limpio la cocina. Los días tienen estructuras fijas.

 

A las once menos cuarto tomamos unos cafés juntos. Al mediodía hay el descanso. Antes de esta pausa ya he preparado la limpieza y la comida para el descanso y para la cena. Tengo que cortar queso y jamón en lonchas, dejar preparados pan y leche, pelar patatas y lavar verduras. A veces hago ensaladas pequeñas, torrijas o tortilla a la francesa para merendar. Los padres fregan la vajilla y a la una y media yo sigo a mis actividades con respecto a la cocina. “Aunque la cocina del monasterio está bastante moderna, falta lavavajillas. Fregar los platos conjuntamente es una actividad social. Un lavaplatos interrumpirá en el estar juntos. Durante este trabajo doméstico los padres hablan y hacen bromas también”.

 

En el monasterio cada uno tiene su propio piso. De momento viven quince pasionistas ahí. “Por vivir en un monasterio no son instantáneamente monjes”, comenta la cocinera. La mayoría de ellos trabajó en la misión y hoy en día tiene funciones pastorales, fuera de la ‘casa’. Hay un psicólogo, algunos teólogos y curas activos. El número de los invitados a la mesa depende del día. Pueden ser seis o quince personas por ejemplo. Normalmente todo el mundo viene a casa los viernes para pasar el fin de semana en un ambiente tranquilo y familiar. Toda la comunidad está reunida. “Mi compañero y yo hacemos juntos un menú variado en que están platos diferentes por cada día”.

 

Los lunes, se come un plato de pescado o un plato de huevo. Otros días los padres comen platos ‘regulares’. La ‘Santísima’ Trinidad, a decir patatas, carne y verduras, es muy popular. Alguna vez preparamos platos extranjeros también, sino los pasionistas aprecian más los platos típicos y tradicionales de Holanda. Algunos ejemplos son: albóndigas y carne estofada. Un secreto muy bien obstruido es que a los padres les gustan muchísimo los frisuelos picantes y azucarados. Siempre la cena consiste en tres platos. Permanentemente se empieza con el sopa del día, luego el plato principal y un postre al final.

 

Al principio fue muy difícil cocinar para tantos. Las cantidades no parecen en absolutamente a las de una familia de cuatro personas. Ahora estoy acostumbrada al tiempo de preparación y las cantidades grandes. Me encargo por las compras también. Depende del tipo de compra, voy de compras en el supermercado, el mercado local o el comerciante al por mayor. Uso muchas verduras y frutas, procedentes del huerto. “De vez en cuando uno de los padres me sorprende por una pila llena de judías verdes o manzanas”, cuenta Thea. Por supuesto preparo compota de manzana fresca y mermelada. El año pasado hubo tantas bayas… ¡¡¡riquísimas!!!

 

Siento cómoda en este monasterio por la atmósfera. Solamente vive gente amable aquí. El aspecto apriso y el estresado, que recuerdo de mis empleos anteriores, no está presente dentro de las paredes del monasterio. A veces me siento en el jardín y estoy pensando. Este lugar de trabajo me da paz. En la primavera las flores me alegran y representan la tranquilidad benéfica.

 

 

 

 

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